De Finca en Finca: una travesía durante las cosechas de café en el departamento del Huila.

El aroma del café recién colado es, para muchos, un símbolo de calidez y hogar. Sin embargo, para miles de personas cosecheros en Colombia, es el sustento diario de sus familias. En el corazón de esta práctica, me embarqué en una aventura hacia las tierras cafeteras del departamento del Huila, saliendo de las montañas del Cauca, con la curiosidad de conocer y vivir en carne propia la experiencia de aquellos que hacen posible que el café llegué a nuestras mesas.
La travesía comenzó con la organización de la maleta: ropa, artículos personales, plásticos, conocido localmente como “la pulgosa”, indispensable para el trabajo en el cafetal. Desde Jambaló, abordé un carro que me llevó hasta Popayán, y de allí, un largo trayecto hasta Pitalito, Huila. Cada kilómetro recorrido me acercaba a mi destino y, al mismo tiempo, me adentraba en un paisaje lleno de cultivos de café, plátano, yuca y frutales que coloreaban el horizonte de tonos verdes y marrones. Mi objetivo: el municipio de Acevedo, donde me esperaba la finca que sería mi hogar durante los días venideros.

Apenas unas horas después de llegar, el primer día en la finca comenzó con el canto de los gallos, aún antes del amanecer. Eran las 5:00 de la mañana, y junto con los sonidos de las aves y el golpeteo ocasional de la lluvia sobre los techos de zinc, estos elementos nos anunciaban la llegada de un nuevo día de trabajo. Después de un rápido cepillado de dientes, y el saboreo de un tinto que nos daba el empujón necesario para empezar la jornada. Con el “coco” y la “tula” (el costal) en mano, nos dirigíamos a los cafetales, donde los frutos rojos y otros amarillos del café esperaban ser recolectados.
El trabajo en el cafetal sigue un ritmo casi sagrado. Después de las dos primeras horas de trabajo, a las 8:00 a.m., nos reuníamos para disfrutar de un desayuno reconfortante. El café sigue su ciclo, y nosotros, recolectando sin pausa, aprovechamos cada rayo de sol o de la lluvia. A mediodía, una pausa obligada para el almuerzo que nos recargaba de energía. Y finalmente, a las cinco de la tarde, con las “tulas” llenas de café a cuestas, nos dirigíamos en fila hasta la pesa. Ahí, cada uno esperaba su turno para conocer cuántos kilos había logrado recolectar ese día. Este proceso, que podría parecer monótono, era acompañado con la música que resonaba en las “rokolas” o en los celulares, acompañándonos en el esfuerzo.

En medio de la jornada, el “caudillo”, el encargado de supervisar el trabajo de todos, se paseaba entre los surcos del cafetal, cuidando que el trabajo se hiciera bien. “Por favor, les recomiendo el reguero”, decía, recordándonos mantener el orden y evitar desperdicios al recolectar. Su presencia era constante, pero también era parte de la dinámica cotidiana, y con el tiempo, uno se acostumbraba a su voz entre el sonido de las hojas y las conversaciones en los cafetales.

El final de la semana traía consigo el esperado momento del pago. Con el dinero ganado, cada cosechero tomaba su camino: algunos se dirigían al pueblo a consignar o a enviar dinero a sus familias, mientras que otros optaban por una cerveza entre amigos, celebrando el cierre de otra semana de trabajo.
Así es la vida de los cosecheros, hombres y mujeres que, de finca en finca, trabajan arduamente, compartiendo no solo el esfuerzo, sino también los momentos de alegría. El café no es solo un producto para ellos, es un modo de vida, una práctica que une familias y comunidades enteras. Cada día en el cafetal, la recolección es un recordatorio del esfuerzo que hay detrás de cada taza de café que disfrutamos. Es una labor silenciosa, pero llena de vida, que late con el ritmo del campo y el corazón de quienes lo cultivan.
POR: Eldemir Dagua.