El canto del fantasma

Por: Eliana Güetio
Hay un sonido que puedo reconocer desde que era muy niña y que mis primos, mis amigos y otros niños de la escuela también crecieron reconociendo: El del avión fantasma. Casi una leyenda, una cosa sigilosa que no se deja ver en las noches, pero con un rumor característico. Un canto trágico que antecede a un bombardeo. Varias veces en la cocina nos quedábamos callados y mi papá o alguno de mis tíos decían “por allí anda el fantasma” minutos después la ráfaga se descargaba cerca.
Los pájaros de metal eran parte de la fauna del territorio. A veces jugábamos a clasificarlos. Los helicópteros eran los más fáciles por el sonido y la hélice; las avionetas, menos visibles, pequeñas, pero eran la avanzada: el presagio de una cosa que venía detrás. Los bombarderos no aparecían mucho durante el día, a menos que estuviéramos en medio de un combate.
Había uno al que no le sabíamos el nombre. Un primo mío decía que planeaba como un chulo: volaba bajito y se quedaba dando vueltas por mucho tiempo. Los adultos le decían “El tractor”. Dejaba una nube inmensa entre montañas que se disipaba rápido, pero ponía los ojos llorosos y ardía en la nariz y en la garganta.
Lo que cuento no pertenece solamente a mi memoria. Es parte de una infancia compartida por muchos niños indígenas que habitamos diferentes territorios atravesados por el conflicto armado. El reconocimiento de una guerra que nunca nos ha pertenecido, pero con la que aprendimos a coexistir.
Con los años los términos empezaron a relacionarse entre sí y entendí que ninguno de esos era un hecho aislado: Los nombres de los aviones, de los grupos armados que pasaban por las veredas persiguiéndose. La llamada guerra contra las drogas, los días de confinamiento. La gente cercana que se iba: todo formaba parte de una misma manera de disputar, controlar e intervenir el territorio.
No pude evitar pensar otra vez en el fantasma, tampoco en los niños que están aprendiendo ahora a reconocerlo.
Junto con los bombardeos volvió también un lenguaje conocido: recuperar la patria y restablecer el orden. La patria, esa palabrita que aparece con frecuencia en todos sus discursos, en la que basa todo su proyecto político: la patria milagro, defender la patria, reconstruir la patria.
Y quizás allí esta una de las distancias más profundas con quienes habitamos los territorios sobre los que recaen esas decisiones. Porque la patria puede imaginarse como una sola; los territorios en cambio se llaman en sus idiomas propios, están surcados por ríos, costas y cordilleras. Los hay en todos los climas. Los territorios habitan a su gente como su gente los habita y son hogares de otros seres, de espíritus, de animales de todos los tamaños, de árboles más viejos que media humanidad y de plantas medicinales que curan. Los territorios están hechos de vida.
Y cuando la patria decide hacer la guerra, es sobre esos territorios donde caen las bombas.
Ahora sé que al avión aspersor se llamaba Air Tractor AT-802, lo descubrí hace poco y entendí por qué le llamaban el tractor, tiene la capacidad de transportar 3000 litros de líquido, en este caso de veneno.
El pasado 11 de septiembre de 2026 una tutela frenó el proyecto piloto de fumigación del gobierno actual, que pretendía una aspersión en el departamento del Putumayo con glufosinato de amonio. mil hectáreas. El veneno, sin embargo, no reconoce las categorías con las que se justifica su uso. No distingue entre “cultivos buenos” y “cultivos malos”, ni permanece dentro de las hectáreas señaladas como objetivo. Gabriel Tobón, profesor del Departamento de Desarrollo Rural y Regional de la Pontificia Universidad Javeriana, advirtió que el glufosinato de amonio puede afectar el sistema respiratorio de humanos y animales y causar daños en los organismos acuáticos. La aspersión cae también sobre el agua, los alimentos y sobre la piel de la gente, entre ellos niños que juegan y crecen allí.
Pero una vez más, el lenguaje recurrente convence a la otra parte del país, que eligió esas mismas consignas enardecidas, de que el veneno aéreo es un paso más hacia la recuperación de la patria. ¿Recuperarla de quién? El presidente se para en un estrado y grita a viva voz: bandidos, grupos armados. Pero los territorios sobre los que pretende ejercer control no son espacios vacíos, tampoco están ocupadas únicamente por sus enemigos. Están habitados desde mucho antes por comunidades indígenas, afro y campesinas que se reconocen en esos lugares; que ejercen su autonomía. Familias cuya vida no entra en las categorías con las que el gobierno identifica sus objetivos militares.
Pareciera que la declaración de una patria recuperada estuviera profundamente ligada a la eliminación de un relato y de unas vidas que ya existen. Incluso en una comunicación no oficial se propuso reemplazar la palabra campesino por “pequeños empresarios del campo”, con el argumento de que campesino es una forma despectiva de nombrarlos.
Pero campesino no es un insulto. Es una palabra con historia, con musicalidad, una manera de relacionarse con la tierra y una identidad que ha sido defendida durante generaciones. Es un rostro colectivo. En nuestro país que atraviesa una ruralidad inmensa la gente no se avergüenza de llamarse a sí mismo campesino. Y querer reducir una identidad de generaciones a eufemismos técnicos solo le conviene a quien nunca ha tenido tierra en las uñas. En Colombia, además, el campesinado es reconocido constitucionalmente como sujeto de derechos y de especial protección.
Un pequeño empresario del campo parece existir solamente mientras produce. El campesino, en cambio, habita su tierra, hace crecer la comida que él y sus vecinos se comen, se organiza, tiene memoria y pertenece a un territorio. Tal vez por eso la palabra incomoda. Porque no describe solamente una actividad económica: habla del sujeto capaz de reclamar los derechos que le pertenecen.
No sé cuántas generaciones más de niños tendrán que aprender a crecer con la guerra como una bestia asechando sus espaldas. Tampoco cuántos se quedarán mirando arriba mientras un avión da vueltas sobre sus veredas y sus casas. No sé a cuantos más van reclutar para pelear esa guerra. Porque eso hacen los grupos armados, los uniforman y pretenden borrar la infancia debajo de la ropa de combate. Pero un niño no deja de ser niño cuando alguien le pone un arma en las manos, ni mucho menos cuando el Estado decide nombrarlo como integrante de una estructura y convertirlo en objetivo militar.
Por eso tenemos la responsabilidad de contar nuestra historia una y otra vez. Contarla antes de que la borren, antes de que cambien sus palabras y nos devuelvan una versión en la que los territorios estaban vacíos, los campesinos eran solamente productores, los pueblos indígenas eran invasores y revoltosos y los niños reclutados eran combatientes. Contar la historia, como la sabemos y la vivimos es nuestra forma de resistir a esta política de la muerte.
Hace poco leí que todos los niños deberían tener derecho a ver las estrellas. He pensado mucho en todo lo que cabe dentro de ese derecho: un cielo limpio, una noche sin miedo, unos ojos sanos, un mundo sin guerra. Para nosotros, como pueblo Nasa ese derecho guarda una memoria profunda: somos hijos del agua y de las estrellas, mirarlas, es asomarnos a nuestro origen. Que nuestros niños puedan reconocerse en ellas, antes que reconocer un aparato que viene a bombardearlos.